La verdad es que yo creía que a este blog ya había dejado de venir gente, no tanto porque yo dejé de escribir sino porque, directamente, yo misma dejé de entrar.
Como una de esas cosas que uno, nostálgico como es, mete en el fondo del armario esperando alguna vez volver a usar, hace ya cuatro meses que el SM fue a parar al fondo de mi inconsciente y ahí quedó, olvidado, pobrecito, esperando que yo me dignase a devolverlo a la vida o, en el mejor de los casos, que me tomase el trabajo de darle digna sepultura. De más está decir que no hice ni la una ni la otra y preferí dejarlo ahí, sin hacerle caso, a la merced de los designios misteriosos y desconocidos de esta maravilla moderna que es el espacio virtual.
Tan tranquila estaba yo, ilusa, que la semana pasada casi muero de un infarto cuando, para mi infinito espanto, me enteré vía e-mail de que uno de los personajes aquí mismo retratados había descubierto -todavía no entiendo cómo- que yo era la que había escrito las muchas barbaridades que hay dando vueltas más abajo. Horror.
Presa del pánico, por supuesto, no tuve mejor idea que venir corriendo a cerrar el kiosko y olvidarme del asunto...pero la verdad es que no me animé, y me pareció más atinado restringirlo como para asegurarme, al menos, de que nunca volviese a ocurrirme semejante situación.
Ahora bien, lo maravilloso, genial, y extraordinario, es que hubo gente que me escribió para preguntarme cómo se me había ocurrido llevar a cabo tal operación sin ponerlos al corriente de la misma. Oh! y yo que pensaba que por acá ya no pasaba más nadie.
Morí de la emoción, para que les voy a mentir. Y ahora me muero de ganas de volver a escribir boludeces, así que aca estamos de nuevo. A ver cómo me sale.
domingo 29 de junio de 2008
viernes 29 de febrero de 2008
Del tiempo y las excusas
Cuando en el último post cité a mi amiga diciendo que "hasta marzo cerraba el kiosko" no me refería, ni de cerca, al futuro desarrollo de los acontecimientos vinculados con este blog.
Sin embargo, y por motivos varios que muy bien podrían resumirse en a) Falta de tiempo; b) Pereza descarada y c) Carencia absoluta de inspiración; el SM quedó detenido en el tiempo, allá, en enero, y lo cierto es que no sabía muy bien cómo volver, pero me moría de ganas. Así que aquí me tienen, de vuelta, desempolvando el teclado y llena de boludeces para escribir, como de costumbre.
Con respecto a los motivos antes citados, y con la única intención de darle a este post una extensión minimamente digna, me veo muy tentada de detenerme a analizar aunque sea brevemente el primero: una excusa tan trillada que da asco, pero que a todos nos gusta tanto usar a la hora de pedir disculpas.
El "no tengo tiempo", convengamos, es ante todo una falacia. No hay absolutamente nada más relativo en el mundo que "el tiempo", ese concepto indescriptible que transita a medias entre el pragmatismo, el existencialismo y la vida cotidiana; y la prueba está en que, con las mismas 24 horas de un solo día, hay gente que se las ingenia para llevar a cabo 12545678721 actividades y dormir 8 horas, mientras que hay otros, muchos, que no pueden presumir de otra cosa que de saberse de memoria la programación completa del Warner Channel.
Pero sin entrar en particularidades relativas a la energía o la fuerza de voluntad de cada uno, lo cierto es que la misma teoría puede muy bien aplicarse a, por ejemplo, los meses del año: todos sabemos que diciembre es caótico, que en septiembre es más fácil enamorarse y que en julio las noches son más largas.
Asimismo, y por una suerte de convención social muy difundida, se sabe que el año, "de verdad", no empieza hasta marzo: en marzo empiezan las clases, deja de hacer 100 grados a la sombra y vuelven los psicólogos de vacaciones (vacaciones que nunca deberían haberse tomado en primer lugar, cabe aclarar). En marzo, al menos en este hemisferio, las cosas vuelven "a la normalidad" después de ese largo, larguísimo y aburrido domingo que es febrero.
Ahora bien, para la gente como yo, que tiene ideas tan brillantes como la de empezar un trabajo nuevo en pleno noviembre, la "normalidad" nunca se fue a ningún lado, y el "tiempo" ha dejado de ser algo que pasa y uno gestiona a piacere, voluntad y conveniencia expiatoria, para convertirse en un bien de cambio que, muy a regañadientes, uno negocia día a día a cambio del vil, devaluado y a todas luces insuficiente metal.
Asi que no se sorprendan si en cualquier momento se encuentran con este blog cargado de anuncios de Google, banners chillones de pornografía berreta y pop-ups insufribles de Mercado Libre: me urge desesperadamente recuperar mi libertad y poder decir, sin nigún escrúpulo, que perdón pero "no tengo tiempo"...porque lo uso como quiero.
Sin embargo, y por motivos varios que muy bien podrían resumirse en a) Falta de tiempo; b) Pereza descarada y c) Carencia absoluta de inspiración; el SM quedó detenido en el tiempo, allá, en enero, y lo cierto es que no sabía muy bien cómo volver, pero me moría de ganas. Así que aquí me tienen, de vuelta, desempolvando el teclado y llena de boludeces para escribir, como de costumbre.
Con respecto a los motivos antes citados, y con la única intención de darle a este post una extensión minimamente digna, me veo muy tentada de detenerme a analizar aunque sea brevemente el primero: una excusa tan trillada que da asco, pero que a todos nos gusta tanto usar a la hora de pedir disculpas.
El "no tengo tiempo", convengamos, es ante todo una falacia. No hay absolutamente nada más relativo en el mundo que "el tiempo", ese concepto indescriptible que transita a medias entre el pragmatismo, el existencialismo y la vida cotidiana; y la prueba está en que, con las mismas 24 horas de un solo día, hay gente que se las ingenia para llevar a cabo 12545678721 actividades y dormir 8 horas, mientras que hay otros, muchos, que no pueden presumir de otra cosa que de saberse de memoria la programación completa del Warner Channel.
Pero sin entrar en particularidades relativas a la energía o la fuerza de voluntad de cada uno, lo cierto es que la misma teoría puede muy bien aplicarse a, por ejemplo, los meses del año: todos sabemos que diciembre es caótico, que en septiembre es más fácil enamorarse y que en julio las noches son más largas.
Asimismo, y por una suerte de convención social muy difundida, se sabe que el año, "de verdad", no empieza hasta marzo: en marzo empiezan las clases, deja de hacer 100 grados a la sombra y vuelven los psicólogos de vacaciones (vacaciones que nunca deberían haberse tomado en primer lugar, cabe aclarar). En marzo, al menos en este hemisferio, las cosas vuelven "a la normalidad" después de ese largo, larguísimo y aburrido domingo que es febrero.
Ahora bien, para la gente como yo, que tiene ideas tan brillantes como la de empezar un trabajo nuevo en pleno noviembre, la "normalidad" nunca se fue a ningún lado, y el "tiempo" ha dejado de ser algo que pasa y uno gestiona a piacere, voluntad y conveniencia expiatoria, para convertirse en un bien de cambio que, muy a regañadientes, uno negocia día a día a cambio del vil, devaluado y a todas luces insuficiente metal.
Asi que no se sorprendan si en cualquier momento se encuentran con este blog cargado de anuncios de Google, banners chillones de pornografía berreta y pop-ups insufribles de Mercado Libre: me urge desesperadamente recuperar mi libertad y poder decir, sin nigún escrúpulo, que perdón pero "no tengo tiempo"...porque lo uso como quiero.
domingo 6 de enero de 2008
Ni táctica ni estrategia
El ser humano tiende naturalmente a la evolución, dicen. Esto quiere decir que, con la salvedad de algunas groseras excepciones, en líneas generales podría decirse que todas las personas siguen un camino que tiene como meta, en última instancia, la superación personal.
A medida que vamos creciendo, madurando, y evolucionando, además, las cosas empiezan a ponerse más complicadas: los problemas se complejizan y, en consecuencia, las estrategias para resolverlos se tornan más sofisticadas.
Por otra parte, no es ningún secreto que las mujeres llevan cientos de años, miles de horas de terapia y fortunas incalculables invertidas en la agotadora y poco satisfactoria tarea de intentar comprender al género masculino: el largo camino que va desde las técnicas del cortejo por correspondencia y las citas con chaperonas hasta el celular y el msn está tapizado con historias de frustraciones, malos entendidos y mitos amorosos de todo tipo y color, y sin embargo las mujeres, tenaces luchadoras, siguen firmes y estoicas peleando por la improbable victoria en la batalla sin tregua de la (in)comunicación.
Pero las guerras, se sabe, son patrimonio exclusivo del género masculino: son ellos los que manejan las tácticas, las estrategias y la logística del combate, y quienes han tenido que perfeccionar sus técnicas al extremo, en pos de mantener flameando firme y orgullosa la bandera del "macho que se respeta" y la incomprensión a toda costa.
Entonces ahora, cuando todas creíamos haber comprendido el por qué detrás de la macabra manía de pedir el teléfono y no llamar, los muy tilingos contraatacan con una nueva maniobra, aún más cínica e incomprensible, que es la de llamar/mensajear/escribir y, a contramano de todo lo que una creía que era el "abc" de las relaciones humanas, nunca concretar un encuentro.
A ver, señores, si nos hacen el favor de explicarnos qué carajo pretenden con tanto intercambio de mensajito, llamadita a cualquier hora del día y abuso indiscriminado de charla vía msn, si nunca piensan molestarse en tomar el toro por las astas y concretar una cita, que se supone que es el objetivo que subyace a tanta retórica indiscriminada... ¿o no?
No, aparentemente, ya que hace meses que escucho a mis amigas y conocidas quejarse de lo mismo, putear en todos los idiomas por la misma cuestión y clamar a gritos una explicación sensata para tan incomprensible y misterioso comportamiento.
Las conversaciones entre mujeres, tal y como están planteadas las cosas, derivan una y otra vez en la misma conclusión:
A. dice:
Me tienen HARRRTA. Ya fue ya esta ya no quiero saber mas nada de nadie. Hasta marzo se cierra el kiosco, y que no me jodan más.
Amén.
A medida que vamos creciendo, madurando, y evolucionando, además, las cosas empiezan a ponerse más complicadas: los problemas se complejizan y, en consecuencia, las estrategias para resolverlos se tornan más sofisticadas.
Por otra parte, no es ningún secreto que las mujeres llevan cientos de años, miles de horas de terapia y fortunas incalculables invertidas en la agotadora y poco satisfactoria tarea de intentar comprender al género masculino: el largo camino que va desde las técnicas del cortejo por correspondencia y las citas con chaperonas hasta el celular y el msn está tapizado con historias de frustraciones, malos entendidos y mitos amorosos de todo tipo y color, y sin embargo las mujeres, tenaces luchadoras, siguen firmes y estoicas peleando por la improbable victoria en la batalla sin tregua de la (in)comunicación.
Pero las guerras, se sabe, son patrimonio exclusivo del género masculino: son ellos los que manejan las tácticas, las estrategias y la logística del combate, y quienes han tenido que perfeccionar sus técnicas al extremo, en pos de mantener flameando firme y orgullosa la bandera del "macho que se respeta" y la incomprensión a toda costa.
Entonces ahora, cuando todas creíamos haber comprendido el por qué detrás de la macabra manía de pedir el teléfono y no llamar, los muy tilingos contraatacan con una nueva maniobra, aún más cínica e incomprensible, que es la de llamar/mensajear/escribir y, a contramano de todo lo que una creía que era el "abc" de las relaciones humanas, nunca concretar un encuentro.
A ver, señores, si nos hacen el favor de explicarnos qué carajo pretenden con tanto intercambio de mensajito, llamadita a cualquier hora del día y abuso indiscriminado de charla vía msn, si nunca piensan molestarse en tomar el toro por las astas y concretar una cita, que se supone que es el objetivo que subyace a tanta retórica indiscriminada... ¿o no?
No, aparentemente, ya que hace meses que escucho a mis amigas y conocidas quejarse de lo mismo, putear en todos los idiomas por la misma cuestión y clamar a gritos una explicación sensata para tan incomprensible y misterioso comportamiento.
Las conversaciones entre mujeres, tal y como están planteadas las cosas, derivan una y otra vez en la misma conclusión:
A. dice:
Me tienen HARRRTA. Ya fue ya esta ya no quiero saber mas nada de nadie. Hasta marzo se cierra el kiosco, y que no me jodan más.
Amén.
jueves 20 de diciembre de 2007
Cortita y autofestejante
Ayer fue la entrega de diplomas de mi hermano menor que, para su inmensa felicidad, terminó de una vez por todas con ese karma espantoso que no sirve para otra cosa que para enseñarle a la gente a madrugar, que es el colegio.
A grandes rasgos, el evento no difirió en mucho de cualquier otro de características similares: mucho adolescente emocionado, mucho profesor haciendo los chistes de rigor, mucho padre emotivizado porque se le egresaba el nene y mucho videíto "que no se corte" y "Egresados 2007".
Hasta ahí, todo normal. Sin embargo, en algún punto de la ceremonia que no recuerdo exactamente, pero creo que fue más o menos cuando la rectora empezó con el speech de "la nueva etapa", yo no tuve mejor idea que ponerme a llorar a moco tendido y sin consuelo, a tal punto que mi abuela me preguntó si me angustiaba el paso del tiempo, mi madre si me sentía bien, mi hermano si estaba drogada y mis amigas si necesitaba una pastilla de ibuprofeno.
No, no, y no. Yo lloraba sin cesar, sì, pero no porque me hubiese emocionado el evento, ni porque me hubiesen conmovido las palabras del docente emotivo de turno, y ni siquiera -por mucho que me alegre-porque a mi hermano le hayan dado su diploma.
Yo lloraba, al mejor estilo protagonista de película italiana de posguerra, porque sabía que hoy, a esta hora, y si todo salía como tenía que salir, la recibida iba a ser yo.
Díganme Editora.
(O casi, porque soy TAN a pedal que todavía debo una materia del CBC. Pero bueno).
A grandes rasgos, el evento no difirió en mucho de cualquier otro de características similares: mucho adolescente emocionado, mucho profesor haciendo los chistes de rigor, mucho padre emotivizado porque se le egresaba el nene y mucho videíto "que no se corte" y "Egresados 2007".
Hasta ahí, todo normal. Sin embargo, en algún punto de la ceremonia que no recuerdo exactamente, pero creo que fue más o menos cuando la rectora empezó con el speech de "la nueva etapa", yo no tuve mejor idea que ponerme a llorar a moco tendido y sin consuelo, a tal punto que mi abuela me preguntó si me angustiaba el paso del tiempo, mi madre si me sentía bien, mi hermano si estaba drogada y mis amigas si necesitaba una pastilla de ibuprofeno.
No, no, y no. Yo lloraba sin cesar, sì, pero no porque me hubiese emocionado el evento, ni porque me hubiesen conmovido las palabras del docente emotivo de turno, y ni siquiera -por mucho que me alegre-porque a mi hermano le hayan dado su diploma.
Yo lloraba, al mejor estilo protagonista de película italiana de posguerra, porque sabía que hoy, a esta hora, y si todo salía como tenía que salir, la recibida iba a ser yo.
Díganme Editora.
(O casi, porque soy TAN a pedal que todavía debo una materia del CBC. Pero bueno).
domingo 16 de diciembre de 2007
De tacheros y mujeres
Es hora de que alguien lo diga, en vistas a que todas las argentinas (o al menos todas las porteñas) nos vamos a tener que enfrentar una y otra vez a la misma enfermante situación por los próximos 4 años.
Por supuesto que no voy a hablar de política, no se asusten.Para eso necesitaria a.estar en condiciones de hacerlo, b.estar motivada para hacerlo y c. un blog en Wordpress. Pero sí voy a hablar de este gobierno o, mejor dicho, de las implicancias sociales más inmediatas del mismo.
Este gobierno, sépanlo todos, no es nada más ni nada menos que el producto trasnochado y malparido de la cruza entre un tachero borracho y la lámpara de Aladino versión tercermundista. Hete aquí que, a la ya consabida tortura que representa el intercambio de palabras con el chofer, ahora se le suma el pequeñísimo detalle de que los muy energúmenos están de parabienes: por el mismo precio (por el mismo precio que en Manhattan, cabe aclarar) y la misma distancia que antes, ahora pueden despacharse largo y tendido sobre los dos tópicos que más disfrutan a la hora de hablar boludeces: el gobierno y, Dios nos ampare, las mujeres.
De solo imaginarme la cantidad de chascarrillos medio pelo y comentario machistoides y decadentes a los que los tacheros (y no sólo) nos van a someter a lo largo de los próximos años, me dan ganas de extirparme las orejas con un pelador de papas oxidado y sin filo.
De ninguna manera estoy dispuesta a tolerar -no sin terminar discutiendo a grito pelado en medio de Corrientes y Carlos Pellegrini, al menos- que un gremio entero de pelotudos (que para colmo de males se han puesto TODOS de acuerdo, estén a favor o contra del gobierno de turno) se regocije taladrándome -aún más- la cabeza con comentarios del tipo "Uh, si mi jermu fuese presidente...", o "Ta buena la vieja, ¿eh?" o peor aún -y acá es cuando me dan ganas de ser Uma Thurman en Kill Bill y degollar al muy animal con el borde del espejo retrovisor- "La verdá es que para ser mujer..."
No es porque yo sea partidaria de ese invento de gordas feas que es feminismo en su faceta más recalcitrante, ni mucho menos. Ya alguna otra vez aclaré que el enfrentamiento machismo-feminismo me aburre hasta el llanto, y sigo manteniendo la misma postura al respecto. Pero es que soy partidaria de la democracia y de la igualdad y, en ese sentido, creo que no hay ningún estado que cumpla tan bien con esas dos condiciones como la Pelotudez Infernal, que trasciende alegremente fronteras de todo tipo, color, género, edad, nacionalidad y clase social.
Estoy pensando seriamente en comprarme un auto: por favor que alguien me averigue qué fue de la vida de Roxi Panigassi, que necesito contratarme una ChoferA con carácter de urgencia.
Por supuesto que no voy a hablar de política, no se asusten.Para eso necesitaria a.estar en condiciones de hacerlo, b.estar motivada para hacerlo y c. un blog en Wordpress. Pero sí voy a hablar de este gobierno o, mejor dicho, de las implicancias sociales más inmediatas del mismo.
Este gobierno, sépanlo todos, no es nada más ni nada menos que el producto trasnochado y malparido de la cruza entre un tachero borracho y la lámpara de Aladino versión tercermundista. Hete aquí que, a la ya consabida tortura que representa el intercambio de palabras con el chofer, ahora se le suma el pequeñísimo detalle de que los muy energúmenos están de parabienes: por el mismo precio (por el mismo precio que en Manhattan, cabe aclarar) y la misma distancia que antes, ahora pueden despacharse largo y tendido sobre los dos tópicos que más disfrutan a la hora de hablar boludeces: el gobierno y, Dios nos ampare, las mujeres.
De solo imaginarme la cantidad de chascarrillos medio pelo y comentario machistoides y decadentes a los que los tacheros (y no sólo) nos van a someter a lo largo de los próximos años, me dan ganas de extirparme las orejas con un pelador de papas oxidado y sin filo.
De ninguna manera estoy dispuesta a tolerar -no sin terminar discutiendo a grito pelado en medio de Corrientes y Carlos Pellegrini, al menos- que un gremio entero de pelotudos (que para colmo de males se han puesto TODOS de acuerdo, estén a favor o contra del gobierno de turno) se regocije taladrándome -aún más- la cabeza con comentarios del tipo "Uh, si mi jermu fuese presidente...", o "Ta buena la vieja, ¿eh?" o peor aún -y acá es cuando me dan ganas de ser Uma Thurman en Kill Bill y degollar al muy animal con el borde del espejo retrovisor- "La verdá es que para ser mujer..."
No es porque yo sea partidaria de ese invento de gordas feas que es feminismo en su faceta más recalcitrante, ni mucho menos. Ya alguna otra vez aclaré que el enfrentamiento machismo-feminismo me aburre hasta el llanto, y sigo manteniendo la misma postura al respecto. Pero es que soy partidaria de la democracia y de la igualdad y, en ese sentido, creo que no hay ningún estado que cumpla tan bien con esas dos condiciones como la Pelotudez Infernal, que trasciende alegremente fronteras de todo tipo, color, género, edad, nacionalidad y clase social.
Estoy pensando seriamente en comprarme un auto: por favor que alguien me averigue qué fue de la vida de Roxi Panigassi, que necesito contratarme una ChoferA con carácter de urgencia.
martes 11 de diciembre de 2007
Comfortably Numb
Si este fuese un blog de esos que dan para escribir cosas cortas y al pasar, ya mismo estaría poniendo un post que dijese alguna boludez del tipo "Estamos trabajando para Ud." o simil, y me quedaría tranquila al respecto.
Como no lo es, y como quien suscribe es una persona culpógena y autoflegelante de esas que sienten que tienen que ir por la vida dando explicaciones por todo (y gastando fortunas en terapia, de paso), ahora me veo en la obligación de escribir algo más o menos largo y coherente tratando de justificar la ausencia, pidiendo perdón por las 4254 ideas malas que se me ocurrieron y no escribí y excusándome por haber llegado, incluso, a fantasear con cerrar el blog a la mierda, y ya.
Podría, pongamosle, hablar de mi trabajo. Y me van a tener que disculpar uds. por el aburrimiento, pero de lo único que tengo ganas de hablar es mi compañero de laburo M.G..
M.G. es la persona más intachable del mundo, sin temor a exagerar ni a equivocarme. Es lindo, bueno, prolijo, correcto, educado, simpático y cordial. Además, es paciente y pedagógico como una maestra jardinera, pero tan serio y respetuoso como un profesor universitario.
M.G. se casó cuando era más joven que yo, empezó a trabajar en la empresa más o menos cuando tenía mi edad y se recibió algo así como 1 año después de eso, de una carrera que por supuesto nunca ejerció. Tiene una hija de dos años que sonríe desde el fondo de la pantalla (nada de portarretratos y esas mersadas: M.G. es un tipo muy medido) y alrededor de la cual parece orquestarse toda su vida.
M.G. no puede salir del país, por los papeles de "La gorda". No puede vacacionar en la playa, porque "La gorda" se insola. No puede irse al sur, porque es mucho viaje para "La gorda". No puede irse al norte porque, además de ser mucho viaje, podría haber bichos tipo una vinchuca, que atentasen contra el bienestar de "La gorda". Moraleja: M.G. decidió que pasará sus únicos 14 días de vacaciones en una estancia a 100 kms de Buenos Aires, donde estará tranquilo porque ya se cercioró de que hay un médico las 24 hs., listo para atender a "La gorda" ante cualquier eventualidad.
M.G., decía más arriba, se casó a los 23. Su mujer no sonrìe desde ninguna foto, pero llama por teléfono a razón de una vez cada dos horas, y siempre parece tener que consultar algo relacionado con "La gorda". No sé si M.G. está enamorado de su mujer, si la ama con locura o si es la persona junto a la que soñó envejecer. Tampoco sé si la odia, si la caga o si no la soporta. Lo que sí sé, sin lugar a dudas, es que M.G. y su mujer son la clase de personas a las que dejaría a cargo de regarme las plantas si me fuese de viaje: estoy segura de que se turnarían para venir a mi casa con una regadera, fertilizante y un artilugio importado para medir el nivel de humedad de mi potus. Esa es la clase de gente que son.
A M.G. no le cambia la cara cuando habla con su mujer, ni para bien ni para mal. No se pone contento cuando la atiende, ni modifica ni en un decibel el tono cuando habla, ni jamás corta ofuscado por la charla. M.G. acaba de cumplir 9 años de casado, pero no parece haberle parecido ni mucho ni poco.
También decía que M.G. empezó a trabajar en la empresa antes de recibirse y que, aunque se recibió (como no podía ser de otra manera) jamás ejerció su carrera. Una vez terminada la pasantía para la que entró, 6 años atràs, le ofrecieron quedarse y el dijo que sí. Después, pasito a pasito y muy a lo "empresa yanqui", M.G. fue escalando posiciones, cambiando de área y ganándose el respeto de sus superiores.
M.G. nunca podría ser un "Superior", porque para eso hay que ser Ejecutivo. M.G., tan prolijo y aplicado, no es más que un muy buen Operativo. Pero eso tampoco parece importarle.
Hoy le pregunté a M.G. si no pensaba nunca ejercer su profesiòn, si no quería hacer un posgradoo o estudiar otra carrera, si no le gustaría viajar o haber viajado, si no soñaba con hacer algo "con lo suyo"...
"¿Sabés qué pasa?...es que la verdad...es que estoy tan cómodo así..."
M.G. está "cómodo", y a mí me corrió un escalofrío por la espalda. Lo único que quiero para el arbolito es que alguien me prometa que, si alguna vez me oye hablar como M.G., se haga cargo de que me autoricen la eutanasia.
Como no lo es, y como quien suscribe es una persona culpógena y autoflegelante de esas que sienten que tienen que ir por la vida dando explicaciones por todo (y gastando fortunas en terapia, de paso), ahora me veo en la obligación de escribir algo más o menos largo y coherente tratando de justificar la ausencia, pidiendo perdón por las 4254 ideas malas que se me ocurrieron y no escribí y excusándome por haber llegado, incluso, a fantasear con cerrar el blog a la mierda, y ya.
Podría, pongamosle, hablar de mi trabajo. Y me van a tener que disculpar uds. por el aburrimiento, pero de lo único que tengo ganas de hablar es mi compañero de laburo M.G..
M.G. es la persona más intachable del mundo, sin temor a exagerar ni a equivocarme. Es lindo, bueno, prolijo, correcto, educado, simpático y cordial. Además, es paciente y pedagógico como una maestra jardinera, pero tan serio y respetuoso como un profesor universitario.
M.G. se casó cuando era más joven que yo, empezó a trabajar en la empresa más o menos cuando tenía mi edad y se recibió algo así como 1 año después de eso, de una carrera que por supuesto nunca ejerció. Tiene una hija de dos años que sonríe desde el fondo de la pantalla (nada de portarretratos y esas mersadas: M.G. es un tipo muy medido) y alrededor de la cual parece orquestarse toda su vida.
M.G. no puede salir del país, por los papeles de "La gorda". No puede vacacionar en la playa, porque "La gorda" se insola. No puede irse al sur, porque es mucho viaje para "La gorda". No puede irse al norte porque, además de ser mucho viaje, podría haber bichos tipo una vinchuca, que atentasen contra el bienestar de "La gorda". Moraleja: M.G. decidió que pasará sus únicos 14 días de vacaciones en una estancia a 100 kms de Buenos Aires, donde estará tranquilo porque ya se cercioró de que hay un médico las 24 hs., listo para atender a "La gorda" ante cualquier eventualidad.
M.G., decía más arriba, se casó a los 23. Su mujer no sonrìe desde ninguna foto, pero llama por teléfono a razón de una vez cada dos horas, y siempre parece tener que consultar algo relacionado con "La gorda". No sé si M.G. está enamorado de su mujer, si la ama con locura o si es la persona junto a la que soñó envejecer. Tampoco sé si la odia, si la caga o si no la soporta. Lo que sí sé, sin lugar a dudas, es que M.G. y su mujer son la clase de personas a las que dejaría a cargo de regarme las plantas si me fuese de viaje: estoy segura de que se turnarían para venir a mi casa con una regadera, fertilizante y un artilugio importado para medir el nivel de humedad de mi potus. Esa es la clase de gente que son.
A M.G. no le cambia la cara cuando habla con su mujer, ni para bien ni para mal. No se pone contento cuando la atiende, ni modifica ni en un decibel el tono cuando habla, ni jamás corta ofuscado por la charla. M.G. acaba de cumplir 9 años de casado, pero no parece haberle parecido ni mucho ni poco.
También decía que M.G. empezó a trabajar en la empresa antes de recibirse y que, aunque se recibió (como no podía ser de otra manera) jamás ejerció su carrera. Una vez terminada la pasantía para la que entró, 6 años atràs, le ofrecieron quedarse y el dijo que sí. Después, pasito a pasito y muy a lo "empresa yanqui", M.G. fue escalando posiciones, cambiando de área y ganándose el respeto de sus superiores.
M.G. nunca podría ser un "Superior", porque para eso hay que ser Ejecutivo. M.G., tan prolijo y aplicado, no es más que un muy buen Operativo. Pero eso tampoco parece importarle.
Hoy le pregunté a M.G. si no pensaba nunca ejercer su profesiòn, si no quería hacer un posgradoo o estudiar otra carrera, si no le gustaría viajar o haber viajado, si no soñaba con hacer algo "con lo suyo"...
"¿Sabés qué pasa?...es que la verdad...es que estoy tan cómodo así..."
M.G. está "cómodo", y a mí me corrió un escalofrío por la espalda. Lo único que quiero para el arbolito es que alguien me prometa que, si alguna vez me oye hablar como M.G., se haga cargo de que me autoricen la eutanasia.
domingo 25 de noviembre de 2007
A ciascuno il suo
"Para cada roto hay un descosido", "Cada oveja con su pareja" y "Cada olla tiene su tapa" son todas frases que, como la mayoría de las cosas que indica la sabiduría popular, encierran una gran e indiscutible verdad:
todos y cada uno de los miles de millones de seres humanos que habitan en este mundo eventualmente encuentran, o creen encontrar, a ese "otro" que representa todas esas cosas a las que el imaginario colectivo se refiere como "media naranja".
Ahora bien, cuando ese encuentro tan extraordinario se produce, la gente tiende a reaccionar en formas de lo más variadas y diversas: están los que se limitan a adoptar algunas costumbres de su nuevo amor, los que cambian radicalmente de modo de vestir o de comer, los que abandonan de la noche a la mañana determinados hábitos y los que, para el horror de todos los que los conocen, se transforman hasta convertirse en una suerte de Frankenstein enamorado, una creación macabra e insoportable producto de la influencia de la pareja de turno.
Éstos últimos son, además de gente con una gran cantidad de problemas, personas para las cuales construir una pareja equivale a algo así como ingresar en una secta fundamentalista: en períodos de tiempo escandalosamente cortos el enceguecido amante abandona absolutamente todo lo que, hasta ese entonces, había constituído el parámetro según el cual se organizaba su existencia.
Por supuesto que dar de baja del celular todos los contactos con nombres tipo "Federico de Pachá" o "Rubia con escote", resignar la manía de ir por la vida recolectando anécdotas de corte amoroso-sexual y cambiar los vodkas dobles y los domingos de resaca por un buen vino entre dos y un desayuno en la cama son todas cosas que están muy bien y son harto necesarias para el correcto desarrollo de una relaciòn, no me malinterpreten.
Ni siquiera, cabe aclarar, me estoy refiriendo a la gente que cae estúpidamente en ese tipo de comportamiento. Lo que de verdad me altera los nervios y me dan ganas de romper cosas, al contrario, es el tipo de persona que es capaz de generar esa clase de sometimiento extremo.
Hombres, no sé, pero mujeres hay muchas, muchísimas, que responden a ese perfil infesto de ser humano.
Brujas retorcidas que no se cansan de vociferar a los cuatro vientos lo maravillosa que es su pareja, lo bien que se lleva con los amigos de su novio y lo madura que es su relaciòn, al tiempo que despliegan una serie de artimañas maquiavélicas que terminarán alejando al pobre boludo de turno de todos sus amigos (de las amigas ni se habla), de todas sus costumbres y, de ser posible, de toda su familia.
Arpías mediocres y resentidas de culos grandes y capacidades limitadas que, conscientes de que carecen de belleza, inteligencia, y simpatía, apelan a todo tipo de recurso berreta para mantener a su presa atrapada, enceguecida y pelotudizada el mayor tiempo posible y hasta el altar, en el peor de los casos.
Mujeres viles que encarnan al detalle el estereotipo de la lectora standard de Cosmopolitan o la fanática imbécil de cuanta novelita mujeril ande dando vueltas; mujeres que aterran y dan vergûenza ajena pero que, cuànta bronca me da, siempre terminan saliéndose con la suya.
Y todo esto viene a cuento de que, lamentablemente, hace ya un tiempo que tengo que padecer demasiado de cerca a una de estas sucias trepadoras: este fin de semana, ellos festejaron tres años. Yo, en cambio, celebré un nuevo aniversario de la muerte de uno de mis amigos más queridos, al cual oi jurar por su mismísima madre que JAMÁS caería en la trampa. Ojalá sean muy felices, y ella se atore comiendo perdices.
todos y cada uno de los miles de millones de seres humanos que habitan en este mundo eventualmente encuentran, o creen encontrar, a ese "otro" que representa todas esas cosas a las que el imaginario colectivo se refiere como "media naranja".
Ahora bien, cuando ese encuentro tan extraordinario se produce, la gente tiende a reaccionar en formas de lo más variadas y diversas: están los que se limitan a adoptar algunas costumbres de su nuevo amor, los que cambian radicalmente de modo de vestir o de comer, los que abandonan de la noche a la mañana determinados hábitos y los que, para el horror de todos los que los conocen, se transforman hasta convertirse en una suerte de Frankenstein enamorado, una creación macabra e insoportable producto de la influencia de la pareja de turno.
Éstos últimos son, además de gente con una gran cantidad de problemas, personas para las cuales construir una pareja equivale a algo así como ingresar en una secta fundamentalista: en períodos de tiempo escandalosamente cortos el enceguecido amante abandona absolutamente todo lo que, hasta ese entonces, había constituído el parámetro según el cual se organizaba su existencia.
Por supuesto que dar de baja del celular todos los contactos con nombres tipo "Federico de Pachá" o "Rubia con escote", resignar la manía de ir por la vida recolectando anécdotas de corte amoroso-sexual y cambiar los vodkas dobles y los domingos de resaca por un buen vino entre dos y un desayuno en la cama son todas cosas que están muy bien y son harto necesarias para el correcto desarrollo de una relaciòn, no me malinterpreten.
Ni siquiera, cabe aclarar, me estoy refiriendo a la gente que cae estúpidamente en ese tipo de comportamiento. Lo que de verdad me altera los nervios y me dan ganas de romper cosas, al contrario, es el tipo de persona que es capaz de generar esa clase de sometimiento extremo.
Hombres, no sé, pero mujeres hay muchas, muchísimas, que responden a ese perfil infesto de ser humano.
Brujas retorcidas que no se cansan de vociferar a los cuatro vientos lo maravillosa que es su pareja, lo bien que se lleva con los amigos de su novio y lo madura que es su relaciòn, al tiempo que despliegan una serie de artimañas maquiavélicas que terminarán alejando al pobre boludo de turno de todos sus amigos (de las amigas ni se habla), de todas sus costumbres y, de ser posible, de toda su familia.
Arpías mediocres y resentidas de culos grandes y capacidades limitadas que, conscientes de que carecen de belleza, inteligencia, y simpatía, apelan a todo tipo de recurso berreta para mantener a su presa atrapada, enceguecida y pelotudizada el mayor tiempo posible y hasta el altar, en el peor de los casos.
Mujeres viles que encarnan al detalle el estereotipo de la lectora standard de Cosmopolitan o la fanática imbécil de cuanta novelita mujeril ande dando vueltas; mujeres que aterran y dan vergûenza ajena pero que, cuànta bronca me da, siempre terminan saliéndose con la suya.
Y todo esto viene a cuento de que, lamentablemente, hace ya un tiempo que tengo que padecer demasiado de cerca a una de estas sucias trepadoras: este fin de semana, ellos festejaron tres años. Yo, en cambio, celebré un nuevo aniversario de la muerte de uno de mis amigos más queridos, al cual oi jurar por su mismísima madre que JAMÁS caería en la trampa. Ojalá sean muy felices, y ella se atore comiendo perdices.
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