sábado, 25 de diciembre de 2010

Feliz cumpleaños, Jesús.

Mi querido, queridìsimo amigo A., tan taxativo y pragmàtico, odia la navidad. La odia, dice, por el mismo motivo por el que tantos otros no disfrutamos ni un poco de ese ni ningún otro de los tantos y tan variados despliegues de estupidez masiva a los que tan frecuentemente nos enfrenta nuestra tan querida sociedad.
La odia, también, porque A. no es el tipo de persona a la que le guste que le digan cómo ni cuándo hacer las cosas y, en cuanto a sentimientos se refiere, la navidad es el epìtome de la tiranía social: hay que extrañar a los que no están, llorar a los que se fueron y hacer lo imposible por llegar a tiempo a pasar la tan mentada fecha en familia, aunque eso implique viajar tres días, pagar el triple por un pasaje y someterse a embotellamientos y demoras de todo tipo y color, en muchos casos para terminar viéndoles la cara a esos parientes de segunda o tercera línea cuyo lazo sanguíneo se activa sólo en función del calendario.
La detesta, además, porque la navidad es, como todo el mundo muy bien sabe, nada más y nada menos que el triste resultado de la campaña de marketing más exitosa en la historia de la humanidad: hay que comprar regalos, embotarse de comida y bebida y soportar un mes entero de psicosis colectiva porque eso, de este lado del mundo, significa festejar.
La desprecia, por último, porque la navidad no es otra cosa que una gran ilusión. Un cuento que nos inculcan de chicos y el cual, sin saber muy bien por qué, nos empeñamos en transmitir de generación en generación como si de eso dependiese la sovrevivencia de nuestra especie, o al menos de nuestra sociedad.
Estoy segura de que A. tiene otros mil motivos para agregar, y más segura estoy de que yo estaría de acuerdo con gran cantidad de ellos pero no puedo, por más ganas que tenga, decir que yo personalmente odie la navidad. Hace años que desistí de la parentela estacional, me niego a sucumbir al consumismo violento y entendí que, a la gente que quiero la quiero, y a la que ya no está la extraño, todos los días del año y cualquier día de cualquier mes igual o más que en navidad.
Me niego a caer en posturas pro o contra la celebración en sí: ya estamos todos grandes, hace rato que no creemos en Papá Noel y es hora de que entendamos de una vez que, como diría Jovanotti, "O é natale tutti i giorni, o non é natale mai".

Merry xmas.

domingo, 25 de enero de 2009

Intoleranciómetro for export

No hay manera alguna de decir lo que estoy a punto de decir sin que suene snob y pretencioso, motivo por el cual procedo de todas formas.
A ver: yo, en Buenos Aires, no hubiese trabajado en un restaurant -perdón, en un resto- ni en pedo. Repito, NI-EN-PE-DO.
Ni aún sabiendo que cualquier camarero drogón del más vil bodegón de palermogólico cobraba 8 veces más que yo en mi trabajo "serio" en empresa idem en la city porteña jamás, bajo ninguna circunstancia, hubiese contemplado la posibilidad de pasarme el día atendiendo gentuzas de toda clase con una media sonrisa estampada en la jeta, so pena de no percibir propina alguna por parte de los susodichos.
Ahora bien, entre otras muchas consecuencias, el exilio tiene la cualidad de atemperar ciertas características otrora inamovibles del carácter personal. En otras palabras, cuando una se hubiese preferido "antes muerta que en la línea D a las 6 pm", ahora la vida nos sorprende abordando de lo más campantes el transporte público a cualquier hora y momento del día, y sin chistar. Donde antes nos horrorizábamos ante la perspectiva de consumir un producto marca "bells", ahora nos contentamos con los fideos insípidos de marca ignota del supermercado equivalente al "Día" local. Allí donde antes se nos desdibujaban los rasgos faciales en una mueca de espanto ante el simple temor de vernos vistos circulando por la vía pública con una prenda espantosa y demodé, hoy nos la calzamos con orgulllo y sin temor alguno al "qué dirán", siempre y cuando cumpla con el requisito primordial de mantenernos aunque más no sea unos grados por encima de la hipotermia corporal.
Y así con todo. Será que, a la distancia, uno aprende a negociar.
El exilio, decía más arriba, tiene la extraña y no siempre positiva cualidad de hacernos más tolerantes, más prácticos, más expeditivos y menos quisquillosos. Nos templa el carácter, sí, pero lamentablemente, no nos incrementa la paciencia ni el nivel de tolerancia social: lagente, como colectivo de personajes variopintos sin distinción alguna de raza, sexo, edad o religión, es igual de pelotuda en todas las latitudes, en todos los idiomas y en todas las naciones de la gran aldea global.
Se los digo yo, que ahora trabajo en un restaurant.

viernes, 23 de enero de 2009

De cómo siempre es más divertido ser sola

O "De cómo no está el horno para bollos"
Este post decía un montón de cosas que tenían que ver con otro montón de cosas relacionadas con mi situación amorosa actual. Pero como ya me pasó otras veces de que los afectados por mis divagues viniesen a parar de narices a este blog, y acto seguido me rompiesen las pelotas al respecto, me pareció más prudente y precavido evitar del todo la siuación. No estoy en un momento muy adecuado como para que me vengan a romper las pelotas, verán.

miércoles, 14 de enero de 2009

Del exilio y la vida cotiana

Hace ya cuatro meses, y medio a las apuradas, decidí un buen día poner en acto eso que durante mucho tiempo me la pasé diciendo que "un día iba a hacer": metí todo lo que pude en una valija, renuncié al trabajo, escribí un mail general para decir "hasta luego" y, unas 30 horas más tarde, aterricé en Dublín.
Irlanda es un país de lo más simpático: la gente es amorosa, los paisajes son divinos, la población extranjera es numerosa pero muy escasa en inmigrantes argentos (aunque está plagado de brasileros, por motivos que desconozco), y todavía no conocí una sola persona que diga "no" ante la posibilidad de salir una noche (el alcoholismo es una costumbre más que bien vista en estas latitudes, como todo el mundo muy bien sabe).
Adoro las callecitas dublinenses y los pubs llenos de gente a las 6 de la tarde, me divierto todos los días cuando en el trabajo contestan a mi "hola" en 10 idiomas distintos y hasta creo que ya me acostumbré al espanto de clima que azota a la isla y que me obliga a salir de mi casa munida de ropa y accesorios varios para las 4 estaciones que suelen manifestarse en un mismo día.
Lo bizarro, sin embargo, es que a pesar de que no sufro de la típica nostalgia patria por los asados, la quilmes (soy vegetariana y hace por lo menos 6 años que no tomo cerveza) y el dulce de leche (más bien me alegro de no tenerlo a mano), lo que me asombra es que extraño con locura las cosas más viles e insufribles; las mismas cosas que siempre me hicieron pensar en el exilio: extraño la obsesión porteña con lo light, el subte atestado de gente, las guarangadas por la calle, el "lo atamos con alambre" y hasta la infinita cantidad de culos que adornan tan campantes las tapas de todas las revistas de todos los kioskos que cruzaba todas las mañanas cuando iba a trabajar.
Los irlandeses, al menos hasta las 6 de la tarde y mientras están sobrios, son más bien tímidos, muy organizados, extremadamente honestos y hasta levemente pacatos. Nada que me resulte familiar, de más está decirlo, pero lo cierto es que los quiero igual.
Ahora bien, antes de partir, madre me advirtió que "la vida cotidiana es igual en todos lados", y por mucho que me cueste admitrlo, esta vez me toca decir que tenía razón.
De lo ÚNICO que escucho hablar hace tres meses es de la crisis, la recesión, y de "lo mal que está todo", y me parece estar en una especie de pesadilla porteña doblada al inglés. Yo, anonadada, contesto con historias de cartoneros, corralitos, cacerolazos y villas miserias que triplican en tamaño a buena parte de cualquier pueblito irlandés.
Ellos me miran embobados como vacas asustadas y yo, indignada, y a veces hasta casi orgullosa, no me canso de proclamar a los gritos que "ESO es crisis", y que si no se dejan de llorar de una buena vez los voy a meter a todos en un avión y los voy a mandar a hacer una pasantía a la 31, "para que vean lo que es bueno".
La queja porteña, por lo menos en mi memoia, tiene razón de ser...o seré yo que, en la nostalgia, recién ahora entiendo eso de "el extraño orgullo de ser argentino".
Extrañísimo.

domingo, 29 de junio de 2008

¿Cómo era esto?

La verdad es que yo creía que a este blog ya había dejado de venir gente, no tanto porque yo dejé de escribir sino porque, directamente, yo misma dejé de entrar.
Como una de esas cosas que uno, nostálgico como es, mete en el fondo del armario esperando alguna vez volver a usar, hace ya cuatro meses que el SM fue a parar al fondo de mi inconsciente y ahí quedó, olvidado, pobrecito, esperando que yo me dignase a devolverlo a la vida o, en el mejor de los casos, que me tomase el trabajo de darle digna sepultura. De más está decir que no hice ni la una ni la otra y preferí dejarlo ahí, sin hacerle caso, a la merced de los designios misteriosos y desconocidos de esta maravilla moderna que es el espacio virtual.
Tan tranquila estaba yo, ilusa, que la semana pasada casi muero de un infarto cuando, para mi infinito espanto, me enteré vía e-mail de que uno de los personajes aquí mismo retratados había descubierto -todavía no entiendo cómo- que yo era la que había escrito las muchas barbaridades que hay dando vueltas más abajo. Horror.
Presa del pánico, por supuesto, no tuve mejor idea que venir corriendo a cerrar el kiosko y olvidarme del asunto...pero la verdad es que no me animé, y me pareció más atinado restringirlo como para asegurarme, al menos, de que nunca volviese a ocurrirme semejante situación.
Ahora bien, lo maravilloso, genial, y extraordinario, es que hubo gente que me escribió para preguntarme cómo se me había ocurrido llevar a cabo tal operación sin ponerlos al corriente de la misma. Oh! y yo que pensaba que por acá ya no pasaba más nadie.
Morí de la emoción, para que les voy a mentir. Y ahora me muero de ganas de volver a escribir boludeces, así que aca estamos de nuevo. A ver cómo me sale.

viernes, 29 de febrero de 2008

Del tiempo y las excusas

Cuando en el último post cité a mi amiga diciendo que "hasta marzo cerraba el kiosko" no me refería, ni de cerca, al futuro desarrollo de los acontecimientos vinculados con este blog.
Sin embargo, y por motivos varios que muy bien podrían resumirse en a) Falta de tiempo; b) Pereza descarada y c) Carencia absoluta de inspiración; el SM quedó detenido en el tiempo, allá, en enero, y lo cierto es que no sabía muy bien cómo volver, pero me moría de ganas. Así que aquí me tienen, de vuelta, desempolvando el teclado y llena de boludeces para escribir, como de costumbre.
Con respecto a los motivos antes citados, y con la única intención de darle a este post una extensión minimamente digna, me veo muy tentada de detenerme a analizar aunque sea brevemente el primero: una excusa tan trillada que da asco, pero que a todos nos gusta tanto usar a la hora de pedir disculpas.
El "no tengo tiempo", convengamos, es ante todo una falacia. No hay absolutamente nada más relativo en el mundo que "el tiempo", ese concepto indescriptible que transita a medias entre el pragmatismo, el existencialismo y la vida cotidiana; y la prueba está en que, con las mismas 24 horas de un solo día, hay gente que se las ingenia para llevar a cabo 12545678721 actividades y dormir 8 horas, mientras que hay otros, muchos, que no pueden presumir de otra cosa que de saberse de memoria la programación completa del Warner Channel.
Pero sin entrar en particularidades relativas a la energía o la fuerza de voluntad de cada uno, lo cierto es que la misma teoría puede muy bien aplicarse a, por ejemplo, los meses del año: todos sabemos que diciembre es caótico, que en septiembre es más fácil enamorarse y que en julio las noches son más largas.
Asimismo, y por una suerte de convención social muy difundida, se sabe que el año, "de verdad", no empieza hasta marzo: en marzo empiezan las clases, deja de hacer 100 grados a la sombra y vuelven los psicólogos de vacaciones (vacaciones que nunca deberían haberse tomado en primer lugar, cabe aclarar). En marzo, al menos en este hemisferio, las cosas vuelven "a la normalidad" después de ese largo, larguísimo y aburrido domingo que es febrero.
Ahora bien, para la gente como yo, que tiene ideas tan brillantes como la de empezar un trabajo nuevo en pleno noviembre, la "normalidad" nunca se fue a ningún lado, y el "tiempo" ha dejado de ser algo que pasa y uno gestiona a piacere, voluntad y conveniencia expiatoria, para convertirse en un bien de cambio que, muy a regañadientes, uno negocia día a día a cambio del vil, devaluado y a todas luces insuficiente metal.
Asi que no se sorprendan si en cualquier momento se encuentran con este blog cargado de anuncios de Google, banners chillones de pornografía berreta y pop-ups insufribles de Mercado Libre: me urge desesperadamente recuperar mi libertad y poder decir, sin nigún escrúpulo, que perdón pero "no tengo tiempo"...porque lo uso como quiero.

domingo, 6 de enero de 2008

Ni táctica ni estrategia

El ser humano tiende naturalmente a la evolución, dicen. Esto quiere decir que, con la salvedad de algunas groseras excepciones, en líneas generales podría decirse que todas las personas siguen un camino que tiene como meta, en última instancia, la superación personal.
A medida que vamos creciendo, madurando, y evolucionando, además, las cosas empiezan a ponerse más complicadas: los problemas se complejizan y, en consecuencia, las estrategias para resolverlos se tornan más sofisticadas.
Por otra parte, no es ningún secreto que las mujeres llevan cientos de años, miles de horas de terapia y fortunas incalculables invertidas en la agotadora y poco satisfactoria tarea de intentar comprender al género masculino: el largo camino que va desde las técnicas del cortejo por correspondencia y las citas con chaperonas hasta el celular y el msn está tapizado con historias de frustraciones, malos entendidos y mitos amorosos de todo tipo y color, y sin embargo las mujeres, tenaces luchadoras, siguen firmes y estoicas peleando por la improbable victoria en la batalla sin tregua de la (in)comunicación.
Pero las guerras, se sabe, son patrimonio exclusivo del género masculino: son ellos los que manejan las tácticas, las estrategias y la logística del combate, y quienes han tenido que perfeccionar sus técnicas al extremo, en pos de mantener flameando firme y orgullosa la bandera del "macho que se respeta" y la incomprensión a toda costa.
Entonces ahora, cuando todas creíamos haber comprendido el por qué detrás de la macabra manía de pedir el teléfono y no llamar, los muy tilingos contraatacan con una nueva maniobra, aún más cínica e incomprensible, que es la de llamar/mensajear/escribir y, a contramano de todo lo que una creía que era el "abc" de las relaciones humanas, nunca concretar un encuentro.
A ver, señores, si nos hacen el favor de explicarnos qué carajo pretenden con tanto intercambio de mensajito, llamadita a cualquier hora del día y abuso indiscriminado de charla vía msn, si nunca piensan molestarse en tomar el toro por las astas y concretar una cita, que se supone que es el objetivo que subyace a tanta retórica indiscriminada... ¿o no?
No, aparentemente, ya que hace meses que escucho a mis amigas y conocidas quejarse de lo mismo, putear en todos los idiomas por la misma cuestión y clamar a gritos una explicación sensata para tan incomprensible y misterioso comportamiento.
Las conversaciones entre mujeres, tal y como están planteadas las cosas, derivan una y otra vez en la misma conclusión:

A. dice:
Me tienen HARRRTA. Ya fue ya esta ya no quiero saber mas nada de nadie. Hasta marzo se cierra el kiosco, y que no me jodan más.

Amén.

jueves, 20 de diciembre de 2007

Cortita y autofestejante

Ayer fue la entrega de diplomas de mi hermano menor que, para su inmensa felicidad, terminó de una vez por todas con ese karma espantoso que no sirve para otra cosa que para enseñarle a la gente a madrugar, que es el colegio.
A grandes rasgos, el evento no difirió en mucho de cualquier otro de características similares: mucho adolescente emocionado, mucho profesor haciendo los chistes de rigor, mucho padre emotivizado porque se le egresaba el nene y mucho videíto "que no se corte" y "Egresados 2007".
Hasta ahí, todo normal. Sin embargo, en algún punto de la ceremonia que no recuerdo exactamente, pero creo que fue más o menos cuando la rectora empezó con el speech de "la nueva etapa", yo no tuve mejor idea que ponerme a llorar a moco tendido y sin consuelo, a tal punto que mi abuela me preguntó si me angustiaba el paso del tiempo, mi madre si me sentía bien, mi hermano si estaba drogada y mis amigas si necesitaba una pastilla de ibuprofeno.
No, no, y no. Yo lloraba sin cesar, sì, pero no porque me hubiese emocionado el evento, ni porque me hubiesen conmovido las palabras del docente emotivo de turno, y ni siquiera -por mucho que me alegre-porque a mi hermano le hayan dado su diploma.
Yo lloraba, al mejor estilo protagonista de película italiana de posguerra, porque sabía que hoy, a esta hora, y si todo salía como tenía que salir, la recibida iba a ser yo.

Díganme Editora.

(O casi, porque soy TAN a pedal que todavía debo una materia del CBC. Pero bueno).

domingo, 16 de diciembre de 2007

De tacheros y mujeres

Es hora de que alguien lo diga, en vistas a que todas las argentinas (o al menos todas las porteñas) nos vamos a tener que enfrentar una y otra vez a la misma enfermante situación por los próximos 4 años.
Por supuesto que no voy a hablar de política, no se asusten.Para eso necesitaria a.estar en condiciones de hacerlo, b.estar motivada para hacerlo y c. un blog en Wordpress. Pero sí voy a hablar de este gobierno o, mejor dicho, de las implicancias sociales más inmediatas del mismo.
Este gobierno, sépanlo todos, no es nada más ni nada menos que el producto trasnochado y malparido de la cruza entre un tachero borracho y la lámpara de Aladino versión tercermundista. Hete aquí que, a la ya consabida tortura que representa el intercambio de palabras con el chofer, ahora se le suma el pequeñísimo detalle de que los muy energúmenos están de parabienes: por el mismo precio (por el mismo precio que en Manhattan, cabe aclarar) y la misma distancia que antes, ahora pueden despacharse largo y tendido sobre los dos tópicos que más disfrutan a la hora de hablar boludeces: el gobierno y, Dios nos ampare, las mujeres.
De solo imaginarme la cantidad de chascarrillos medio pelo y comentario machistoides y decadentes a los que los tacheros (y no sólo) nos van a someter a lo largo de los próximos años, me dan ganas de extirparme las orejas con un pelador de papas oxidado y sin filo.
De ninguna manera estoy dispuesta a tolerar -no sin terminar discutiendo a grito pelado en medio de Corrientes y Carlos Pellegrini, al menos- que un gremio entero de pelotudos (que para colmo de males se han puesto TODOS de acuerdo, estén a favor o contra del gobierno de turno) se regocije taladrándome -aún más- la cabeza con comentarios del tipo "Uh, si mi jermu fuese presidente...", o "Ta buena la vieja, ¿eh?" o peor aún -y acá es cuando me dan ganas de ser Uma Thurman en Kill Bill y degollar al muy animal con el borde del espejo retrovisor- "La verdá es que para ser mujer..."
No es porque yo sea partidaria de ese invento de gordas feas que es feminismo en su faceta más recalcitrante, ni mucho menos. Ya alguna otra vez aclaré que el enfrentamiento machismo-feminismo me aburre hasta el llanto, y sigo manteniendo la misma postura al respecto. Pero es que soy partidaria de la democracia y de la igualdad y, en ese sentido, creo que no hay ningún estado que cumpla tan bien con esas dos condiciones como la Pelotudez Infernal, que trasciende alegremente fronteras de todo tipo, color, género, edad, nacionalidad y clase social.
Estoy pensando seriamente en comprarme un auto: por favor que alguien me averigue qué fue de la vida de Roxi Panigassi, que necesito contratarme una ChoferA con carácter de urgencia.

martes, 11 de diciembre de 2007

Comfortably Numb

Si este fuese un blog de esos que dan para escribir cosas cortas y al pasar, ya mismo estaría poniendo un post que dijese alguna boludez del tipo "Estamos trabajando para Ud." o simil, y me quedaría tranquila al respecto.
Como no lo es, y como quien suscribe es una persona culpógena y autoflegelante de esas que sienten que tienen que ir por la vida dando explicaciones por todo (y gastando fortunas en terapia, de paso), ahora me veo en la obligación de escribir algo más o menos largo y coherente tratando de justificar la ausencia, pidiendo perdón por las 4254 ideas malas que se me ocurrieron y no escribí y excusándome por haber llegado, incluso, a fantasear con cerrar el blog a la mierda, y ya.
Podría, pongamosle, hablar de mi trabajo. Y me van a tener que disculpar uds. por el aburrimiento, pero de lo único que tengo ganas de hablar es mi compañero de laburo M.G..
M.G. es la persona más intachable del mundo, sin temor a exagerar ni a equivocarme. Es lindo, bueno, prolijo, correcto, educado, simpático y cordial. Además, es paciente y pedagógico como una maestra jardinera, pero tan serio y respetuoso como un profesor universitario.
M.G. se casó cuando era más joven que yo, empezó a trabajar en la empresa más o menos cuando tenía mi edad y se recibió algo así como 1 año después de eso, de una carrera que por supuesto nunca ejerció. Tiene una hija de dos años que sonríe desde el fondo de la pantalla (nada de portarretratos y esas mersadas: M.G. es un tipo muy medido) y alrededor de la cual parece orquestarse toda su vida.
M.G. no puede salir del país, por los papeles de "La gorda". No puede vacacionar en la playa, porque "La gorda" se insola. No puede irse al sur, porque es mucho viaje para "La gorda". No puede irse al norte porque, además de ser mucho viaje, podría haber bichos tipo una vinchuca, que atentasen contra el bienestar de "La gorda". Moraleja: M.G. decidió que pasará sus únicos 14 días de vacaciones en una estancia a 100 kms de Buenos Aires, donde estará tranquilo porque ya se cercioró de que hay un médico las 24 hs., listo para atender a "La gorda" ante cualquier eventualidad.
M.G., decía más arriba, se casó a los 23. Su mujer no sonrìe desde ninguna foto, pero llama por teléfono a razón de una vez cada dos horas, y siempre parece tener que consultar algo relacionado con "La gorda". No sé si M.G. está enamorado de su mujer, si la ama con locura o si es la persona junto a la que soñó envejecer. Tampoco sé si la odia, si la caga o si no la soporta. Lo que sí sé, sin lugar a dudas, es que M.G. y su mujer son la clase de personas a las que dejaría a cargo de regarme las plantas si me fuese de viaje: estoy segura de que se turnarían para venir a mi casa con una regadera, fertilizante y un artilugio importado para medir el nivel de humedad de mi potus. Esa es la clase de gente que son.
A M.G. no le cambia la cara cuando habla con su mujer, ni para bien ni para mal. No se pone contento cuando la atiende, ni modifica ni en un decibel el tono cuando habla, ni jamás corta ofuscado por la charla. M.G. acaba de cumplir 9 años de casado, pero no parece haberle parecido ni mucho ni poco.
También decía que M.G. empezó a trabajar en la empresa antes de recibirse y que, aunque se recibió (como no podía ser de otra manera) jamás ejerció su carrera. Una vez terminada la pasantía para la que entró, 6 años atràs, le ofrecieron quedarse y el dijo que sí. Después, pasito a pasito y muy a lo "empresa yanqui", M.G. fue escalando posiciones, cambiando de área y ganándose el respeto de sus superiores.
M.G. nunca podría ser un "Superior", porque para eso hay que ser Ejecutivo. M.G., tan prolijo y aplicado, no es más que un muy buen Operativo. Pero eso tampoco parece importarle.
Hoy le pregunté a M.G. si no pensaba nunca ejercer su profesiòn, si no quería hacer un posgradoo o estudiar otra carrera, si no le gustaría viajar o haber viajado, si no soñaba con hacer algo "con lo suyo"...

"¿Sabés qué pasa?...es que la verdad...es que estoy tan cómodo así..."

M.G. está "cómodo", y a mí me corrió un escalofrío por la espalda. Lo único que quiero para el arbolito es que alguien me prometa que, si alguna vez me oye hablar como M.G., se haga cargo de que me autoricen la eutanasia.

domingo, 25 de noviembre de 2007

A ciascuno il suo

"Para cada roto hay un descosido", "Cada oveja con su pareja" y "Cada olla tiene su tapa" son todas frases que, como la mayoría de las cosas que indica la sabiduría popular, encierran una gran e indiscutible verdad:
todos y cada uno de los miles de millones de seres humanos que habitan en este mundo eventualmente encuentran, o creen encontrar, a ese "otro" que representa todas esas cosas a las que el imaginario colectivo se refiere como "media naranja".
Ahora bien, cuando ese encuentro tan extraordinario se produce, la gente tiende a reaccionar en formas de lo más variadas y diversas: están los que se limitan a adoptar algunas costumbres de su nuevo amor, los que cambian radicalmente de modo de vestir o de comer, los que abandonan de la noche a la mañana determinados hábitos y los que, para el horror de todos los que los conocen, se transforman hasta convertirse en una suerte de Frankenstein enamorado, una creación macabra e insoportable producto de la influencia de la pareja de turno.
Éstos últimos son, además de gente con una gran cantidad de problemas, personas para las cuales construir una pareja equivale a algo así como ingresar en una secta fundamentalista: en períodos de tiempo escandalosamente cortos el enceguecido amante abandona absolutamente todo lo que, hasta ese entonces, había constituído el parámetro según el cual se organizaba su existencia.
Por supuesto que dar de baja del celular todos los contactos con nombres tipo "Federico de Pachá" o "Rubia con escote", resignar la manía de ir por la vida recolectando anécdotas de corte amoroso-sexual y cambiar los vodkas dobles y los domingos de resaca por un buen vino entre dos y un desayuno en la cama son todas cosas que están muy bien y son harto necesarias para el correcto desarrollo de una relaciòn, no me malinterpreten.
Ni siquiera, cabe aclarar, me estoy refiriendo a la gente que cae estúpidamente en ese tipo de comportamiento. Lo que de verdad me altera los nervios y me dan ganas de romper cosas, al contrario, es el tipo de persona que es capaz de generar esa clase de sometimiento extremo.
Hombres, no sé, pero mujeres hay muchas, muchísimas, que responden a ese perfil infesto de ser humano.
Brujas retorcidas que no se cansan de vociferar a los cuatro vientos lo maravillosa que es su pareja, lo bien que se lleva con los amigos de su novio y lo madura que es su relaciòn, al tiempo que despliegan una serie de artimañas maquiavélicas que terminarán alejando al pobre boludo de turno de todos sus amigos (de las amigas ni se habla), de todas sus costumbres y, de ser posible, de toda su familia.
Arpías mediocres y resentidas de culos grandes y capacidades limitadas que, conscientes de que carecen de belleza, inteligencia, y simpatía, apelan a todo tipo de recurso berreta para mantener a su presa atrapada, enceguecida y pelotudizada el mayor tiempo posible y hasta el altar, en el peor de los casos.
Mujeres viles que encarnan al detalle el estereotipo de la lectora standard de Cosmopolitan o la fanática imbécil de cuanta novelita mujeril ande dando vueltas; mujeres que aterran y dan vergûenza ajena pero que, cuànta bronca me da, siempre terminan saliéndose con la suya.
Y todo esto viene a cuento de que, lamentablemente, hace ya un tiempo que tengo que padecer demasiado de cerca a una de estas sucias trepadoras: este fin de semana, ellos festejaron tres años. Yo, en cambio, celebré un nuevo aniversario de la muerte de uno de mis amigos más queridos, al cual oi jurar por su mismísima madre que JAMÁS caería en la trampa. Ojalá sean muy felices, y ella se atore comiendo perdices.

domingo, 11 de noviembre de 2007

Dime por què NO llamas...

Poco inspirada como vengo ultimamente, pero con la firme intenciòn de cumplir con mis deberes para con este espacio, recurrì una vez màs al maravilloso universo twittero en busca de material para un nuevo post. La pregunta iba dirigida mayormente a la platea masculina, y la intenciòn era la de tratar de dilucidar cuàl es el oscuro motivo que se esconde detràs de esa costumbre sàdica y detestable que tienen los hombres de pedir el telèfono para no llamar jamàs a la dama en cuestiòn. Dama que, por su parte, se pasarà alrededor de unos 7 dìas (una semana es una ventana de tiempo màs que razonable, convengamos) mirando fijo el celular y rellamando a cuanto nùmero desconocido se encuentre en el caller ID, todo para concluir, como de costumbre, en la màs absoluta desolaciòn.
Yo siempre estuve convencida de que los muy tilingos coleccionan nùmeros por puro placer, los intercambian como figuritas o, como muy atinadamente dijo ella, estàn armando una base de datos. No sè si pretenden vendèrsela màs tarde a algùn revendedor de Avòn o de cosmèticos Mary Kay, si creen que por cada 100 nùmeros que junten obtendràn a cambio una foto de Luciana Salazar en pelotas (como la gente que junta boletos de colectivos para la mìtica silla de ruedas), o què carajo, pero por màs vueltas que le dè al asunto, para mì no hay muchas màs opciones que esas, por ridìculas que suenen.
Quiero decir, somos todos gente adulta y razonable, y a esta altura del partido nadie se va a ofuscar porque no le pidan el telèfono, o el mail en el peor de los casos. Ademàs, vamos, que si hay que ser honestas, nosotras mismas muchas veces damos telèfonos erroneos o esquivamos el pedido con excusas ridìculas e improbables. Lo que irrita, digo, es cuando despuès de mantener una conversaciòn de dos horas, haberse reido de los chistes mutuos y haber compartido miraditas còmplices, prometan llamados y salidas para terminar desvanecièndose en la nada como por arte de magia negra.
Ahora bien, como decìa màs arriba, la pregunta apuntaba a obtener respuestas por parte de los directamente involucrados en este asunto.
Y no, chicas, no se esperen grandes revelaciones: al final de cuentas, dijeron ellos, no hay grandes motivos, excusas nobles o explicaciones razonables. No señor. No llaman, dicen, porque les da "inseguridad", "cosita", "miedito"... Malditos cobardes.

domingo, 4 de noviembre de 2007

Ora et Labora

Por motivos que escapan a mi razonamiento, y que tendré que tratar esta semana en terapia, en los últimos posts me dediqué casi por completo a temas relacionados con las relaciones de pareja, la fidelidad, la atracciòn de sexos y demases; cuestiones todas muy interesantes que deberé abandonar urgentemente. Primero, porque temo volverme monotemática y recursiva y, segundo, porque odiaría ver este blog convertido en un pseudo-consultorio amoroso virtual, que para eso ya está el "Correo de lectores" de la Cosmo.
Cambio abruptamente de tema, entonces, para pasar a indagar en la profundidad del amplísimo y siempre bien nutrido mundo del "campo laboral".
A punto de recibirme, y a tan solo un año de cumplir un cuarto de siglo, me pareciò prudente de mi parte tomar la gran decisiòn de dejar de boludear de una vez por todas y encargarme de conseguir un trabajo "serio". "Serio", en este caso, se refiere a un trabajo que cumpliese con una serie de requisitos que no vienen al tema, pero que se relacionan con lo que en el imaginario colectivo se entiende por "trabajo": oficina, X horas diarias, obra social, ART, remuneración, aguinaldo, microcentro, "empresa multinacional", etc.
Dicho y hecho, un CV "recursos humanos approved", SEIS instancias de entrevista y un par de semanas más tarde, empecé efectivamente a trabajar en una empresa "de verdad".
Por el momento, y muy a pesar de mi intolerancia crónica, no tengo nada malo para decir al respecto. Digamos que, a grandes rasgos, "está todo bien". Ahora, como siempre me pasa, tengo unos problemas espantosos a la hora de la socialización que, en la oficina, es algo así como la clave de todo lo que existe para hacer la cotidianeidad más llevadera.
Léase: no veo televisión, no tengo paciencia para contestar de buena manera cuando me preguntan "¿De qué cuadro sos?", dejé de ver cine argentino después de "El hijo de la novia", no prendo la radio desde el 2002, no leo de los diarios más que los suplementos culturales, la música nacional me altera el sistema nervioso y ah, NO, no tomo mate, ni tampoco como "faturas", ni bizcochos, ni ninguna de esas poquerías saturadas de grasa y carbohidratos que se degluten bestialmente en habitats laborales.
Es decir, en pocas palabras, para el universo oficinístico vengo a ser algo así como una planta con la que no hay mucho de qué hablar, pero soy demasiado terca como para sucumbir ante la presión del pandillismo y terminar cayendo en los lugares comunes de la charla trivial en el ámbito de trabajo. En principio parecería evidente que, para distraerme, no me queda otra que recurrir -como tantos miles de trabajadores opiados- al infinito refugio del mundo virtual.
Pero no, ni siquiera eso: en la maravillosa empresa de la que ahora formo parte el "boludeo" no solo no está bien visto, sino que está terminantemente prohibido: no puedo chequear mails, ni entrar al twitter, ni divagar en el blog, ni -por supuesto- hacer uso del msn. Es decir, mi vida social, tal como la conocía hasta ahora, está a punto de entrar en un período oscuro y silencioso, al menos en el horario laboral de lunes a viernes de 10 a 19.
Como contrapartida, supongo, y por lo menos hasta que encuentre la forma de trampear el sistema, mi productividad y desempeño se verán incrementados a niveles extraordinarios. Eso, o moriré de tedio y desesperación en el intento.

miércoles, 31 de octubre de 2007

Yo...¿me quiero casar?

De un tiempo a esta parte me viene pasando algo que a esta altura dejó de ser curioso, o "gracioso", para pasar a ser realmente llamativo y, por qué no, casi alarmante.
No sé si será la edad, la psicosis colectiva, la lectura -nunca abusiva-de Cosmopolitan o el largo período de soltería militante que vengo llevando, pero resulta que hace ya unos cuantos meses que se repite la siguiente escena:
Luego de divisar en cualquier locación (una fiesta, por la calle, o el Disco, da igual) un chico lindo, y después del consabido intercambio de miradas y gestitos de "hacerse la/el linda/o", me ocurre que, al bajar la vista para buscar sus manos (es vox populi que las mujeres nos fijamos SIEMPRE en las manos del potencial candidato), descubro sistemáticamente instalada en el dedo anular de la mano izquierda una alianza cuya antiguedad, se calcula por el brillo, jamás supera el año de existencia.
Aclaremos: el rango etario dentro del cual selecciono amoríos está entre un poco más de mi edad y unos diez años más, aproximadamente. O sea, no ficho señores de 40, ni treintaylargos consumidos por una vida rutinaria, al punto tal que ni siquiera me llaman la atención los profesores de la facultad ni ninguno de esos fetiches femeninos que tan bien conocemos todos.
Tampoco tengo el morbo de salir con "un casado", enamorarme perdidamente de una ilusión vana o someterme a la disponibilidad de otro para organizar mi agenda, cuestiones todas que van muy de la mano con ese espanto de ser "la otra", pero que, en última instancia, explicarían un poco mejor mi situación.
Es decir, considerando el amplio abanico de "candidatos idóneos", realmente no deja de sorprenderme que, a contramano de todo lo que se dice sobre "la soledad" y la "incomunicación" y todas esas sandeces contemporáneas, al menos en MI mundo el porcentaje de casados/cazados sea por demás abrumador.
¿Será que andan todos por ahí como en el juego de las sillas, apurándose para no perder el turno? ¿O será que llega un punto en la vida en que la soledad viene, de sorpresa, a pegarte una patada voladora en la nuca?
Debe ser, me parece, que muchos de todos ellos se dejan llevar por una resignación tal que, sin darse cuenta, termina por hacerlos caer en esa ficción terrorífica de la "domesticación" y la fidelidad impuesta. Porque si fuese convicción pura, seamos sinceros, no tendrían por qué andar devolviendo miraditas sugerentes en la cola del supermercado.

viernes, 26 de octubre de 2007

¿Qué tendrá el petiso?*

Dentro de los grandes misterios de la humanidad, tipo de dónde venimos, a dónde vamos y quiénes somos, hay uno que ha sido sistemáticamente pasado por alto y que, sin embargo, merece la mayor de las atenciones: ¿por qué gustamos o nos gustan?
Todos hemos visto alguna vez, en Animal Planet o Discovery Channel, cómo y por qué se atraen las parejas en el mundo animal; pero nadie, por más Cosmopolitan, H, o pasquín de turno que haya leído, está en condiciones de establecer a ciencia cierta los criterios de atracción, selección y seducción de la raza humana.
Hay gente objetivamente "linda" que resulta ser espantosamente desafortunada en el amor, en tanto que hay otros, por los cuales nadie daría un peso, que arrasan con cuanto especímen se les pone adelante. Esto es muchísimo más marcado en Europa donde, y hay gente que lee este blog que no me va a dejar mentir, es por demás común y llamativa la combinación de pareja orto + caño.
Dejando de lado teorías tales como la del índice de incogibilidad del sujeto en cuestión (de la cual hablaré en otro post), el tema resulta de lo más misterioso e inexplicable a menos que, en un intento por simplificar la cuestión, se recurra a las siempre prácticas analogías.
Yo crecí en una familia de primos hombres, con lo cual no es de extrañar que, para el primer cumpleaños en el que pude emitir palabra, pidiese de regalo "un autito". Espantados, mis parientes corrieron a la juguetería más cercana a comprar Barbies y Pequeño Pony a granel.
Los últimos se convirtieron en caballería para los muñecos de Gi-Joe de mis primos, y eventualmente terminaron por resultarme simpáticos. Las Barbies, en cambio, siempre me parecieron un juguete aburridismo: al meterlas en el agua el pelo se les volvía una escoba (sí, a la sirena también); perdían la cabeza demasiado fácilmente y, si se forzaban un poquito sus toscas articulaciones, era muy probable quedarse con una pierna o un brazo en la mano. Siempre eran demasiado grandes para incluírlas en el circo o el barco pirata de los Playmobil y, para colmo, el único muñeco que cumplía con las proporciones físicas necesarias para oficiar de novio era Ken.
Ahora bien, si la Barbie era aburrida, el "Barbo" era la representación perfecta del embole más extremo. Mientras la rubia cocinaba, manejaba, iba al gym y tenía ocupaciones tan diversas como médica o astronauta, el eunuco con cara de Guillermo Andino que tenía de "pareja" no servía para nada. Viéndolo a la distancia, creo que no sería exagerado decir que, más que la pareja, Ken no era otra cosa que el amigo gay de Barbie.
Sin embargo, se sabe, Ken y Barbie representaban algo así como la quintaescencia de la belleza humana, con sus pelos rubios, sus ojos azules y sus proporciones perfectas (al menos hasta que la gente de Mattel tomó conciencia social e introdujo al mercado la Barbie afro, la Barbie oriental, la Barbie con acné y demás).
De haber sido personas, Ken y Barbie podrían ser tranquilamente una pareja de suecos: perfectos, sí, pero terriblemente aburridos.
Mis juguetes favoritos, en cambio, una vez superada la instancia de "varoncito", siempre fueron muñecos raros, deformes, y hasta medio feos, pero que en mis juegos infantiles se convertían en héroes de la primera hora, salvaban al mundo y, por supuesto, se quedaban con la chica.
Eran hombrecitos toscos, playmobils mutilados y hasta un par de tortugas ninjas, pero eso sí, tuneados a más no poder con trapos originalísimos hechos por mí, pelos y cabezas pintadas con témperas de colores y casas alucinantes hechas con cajas de zapatos, legos y papel glacé.
De haber sido personas, mis juguetes hubiesen sido italianos. Romanos, para más datos. (Los italianos del sur suelen ser escandalosamente mersas, y los del norte TAN metrosexuales que abruman).
Con el correr de los años dejé de jugar con esos muñequitos grotescos y empecé a inventar historias y aventuras con otros, los muñequitos "de verdad". De más está decir que mi división infantil sigue en pie hasta hoy, y que de todas las veces que viajé, de todas las nacionalidades que conocí y de todos los hombres con los que alguna vez estuve elijo, sin pensarlo, a un italiano antes que a un sueco. La perfección y la belleza extrema por sí mismas, a la larga, aburren.
El humor, el encanto, la elegancia, la simpatía y la seguridad en uno mismo son cualidades inherentes a la gente sexy. Y el sex-appeal, se sabe, dura toda la vida.


* Si alguien llega hasta acá googleando a Ricky Maravilla, me muero. Que avise que le regalo el disco.

lunes, 22 de octubre de 2007

Apio verde


En líneas generales adoro cumplir años, y que me digan cosas lindas y me deseen maravillas para el resto de mi vida. Ahora bien, este año estoy un poquito preocupada...díganme que 24 no es tanto...¿no?...¿¡NO!?

miércoles, 17 de octubre de 2007

Mika vs. "Juani"

Además de una herramienta de uso todavía incierto, el Twitter funciona también como una suerte de chat en el que, cada tanto, se generan debates de distinto tipo.
Hoy, por ejemplo, twiteé que harta de recibir mails de mis amigas baboséandose como teenagers por este pibe (que en mi opinión tiene cara de enano, o de mogólico) opté por empezar a contestarles con fotos de Mika, que es sin lugar a dudas el hombre más lindo del planeta.
A raíz de eso se armó una interesantísima discusión twittera que involucró opiniones varias sobre ese deporte infesto que es el rugby, sobre los macacos espantosos que lo practican y, eventualmente, sobre las distintas interpretaciones de la homosexualidad masculina.
En este punto me apremia la necesidad de hacer dos consideraciones fundamentales, antes de seguir explayándome en el tema que nos convoca:
1. No sólo me tiene (a mí y a un altísimo porcentaje de mujeres) absolutamente sin cuidado que a Mika le gusten los hombres, sino que aún sabiéndolo sin el más mínimo resabio de duda me casaría de todas formas, aunque más no fuese para mirarlo mientras duerme. ASÍ de lindo me parece.
2. No sólo me tiene aún más sin cuidado el desempeño de Argentina en el Mundial de Rugby (o en cualquier disciplina deportiva, para el caso), sino que el deporte en sí me parece una animalada sin gracia y, quienes lo practican, unos cerdos mononeurónicos sin remedio. Y esto no lo digo porque "se diga", porque "es un mito", o por lo que mierda sea que pueda ocurrírsele a quien me lo quiera refutar. Lo digo con conocimiento de causa, después de haber pasado mi adolescencia saliendo con grupetes de rugbiers de clubes paquetones (muchos de las cuales ahora tienen causas abiertas en su contra por haber fracturado narices y mandibulas de gente inocente), aburriéndome como una ostra en la tribuna de los sevens veraniegos que se hacían en "Punta" y esquivando por tres años las invitaciones ("Boló, te venís este finde a comer un asado en lo del Gordo, ¿no?") de los ex-amigos de mi novio otrora rugbier, eventualmente rehabilitado para convivir en sociedad.
Prosigo, entonces, y aclaro que escribo en parte inspirada por el debate antes mencionado, y en parte contestando a este post.
Huelga decir que comparar los atributos de estos dos hombres equivaldría, en el mundo masculino, a poner bajo la misma lupa a Luciana Salazar y a Celeste Cid. Es por demás evidente que encarnan dos estereotipos completamente distintos y casi opuestos de "Belleza" y "Hombría" (al que quiera objetar que Mika es puto, favor referirse al punto 1 ut supra), y sin embargo, de la comparación surge la inquietud por tratar de comprender qué es lo que cada uno de ellos representa.
Yo, que en "El club de la pelea" elijo sin pensarlo a Edward Norton antes que a Brad Pitt, voy a tratar de hacer un esfuerzo para imaginarme por qué motivos un rugbier standard puede llegar a resultar atractivo para una mujer inteligente, culta, con autoestima, autosuficiencia e independencia.
(...)
...cierto. A esas, los rugbiers, no nos caben NADA.

lunes, 8 de octubre de 2007

De usos y husos

Hasta no hace tanto tiempo, cuando una chica conocía a un chico le daba el número de su casa, y punto. En aquella época, las complicaciones del caso se reducían a cosas tan "simples" como no poder despegarse del teléfono ni para ir al baño, pelearse con padres y hermanos porque acaparaban el aparato y chequear que hubiese tono cada dos minutos. Lo más grave que podía pasar era tener que salir por algún motivo de fuerza mayor y que, a la vuelta, alguien nos informase que "te llamó un chico": drama, desesperación y amenazas de muerte eran lo mínimo que le tocaba al desafortunado informante ¿Cómo no le preguntaste el nombre? ¿Pero qué dijo exactamente? ¿Y qué voz tenía? ¿Voz de Pablo, de Martín, de Felipe? ¿Y le dijiste que volvía enseguida? ¿Y dijo que volvía a llamar? ¿Seguro?¿Pero cómo no le vas a preguntar el nombre, el teléfono, la dirección, algo?... Y así transcurría la vida, de nuevo a pasar las horas esperando que el estúpido aparato se dignase a sonar de una vez por todas.
Ahora bien, tecnología mediante, el teléfono de casa está demodé y el panorama es insoportablemente más complicado: tenemos celulares que nos permiten atender a nuestro amor hasta en el subte, caller id para identificar su número y llamada en espera para evitarnos cortarle a todo el mundo por las dudas que él llame, pero, Dios nos ampare, todo eso no es nada al lado del incordio detestable que representa el famoso "Mensaje de texto".
La tarea de un egiptólogo es un chiste al lado del arduo y frustrante trabajo que se toman las mujeres al intentar desencriptar el contenido de un SMS: no hay palabra, ni coma, ni signo de exclamación que escape al análisis de una mujer y sus 10 amigas, y todo para concluir una y otra vez en la más absoluta incertidumbre.
El lenguaje escrito, se sabe, puede prestarse a malos entendidos, confusiones e interpretaciones tendenciosas, y contra eso es lamentablemente muy poco lo que puede hacerse. Hay, sin embargo, ciertos indicadores clave que ninguna mujer que se precie debería ignorar ni, mucho menos, captar en forma equivocada.
El primero, el más importante y el que define a priori cualquier tipo de mensaje subliminal escondido en la pantalla es, sin dudas, la franja horaria en la que el SMS en cuestión fue enviado.

Veamos:

Días hábiles: un chico que tiene intenciones "serias", un mínimo interés genuino o cuando menos unos buenos modales, se toma el trabajo de mensajear a la dama al menos una vez a lo largo de la semana. Puede ser un martes a la noche, un miércoles a la mañana o un jueves a la tarde, pero ningún caballero que se precie de tal cometería el grosero error de no ir preparando el terreno a medida que se acerca el "finde" y van creciendo , obviamente, las posibilidades de un encuentro.

Viernes mediodía-tardecita: el que mensajea el viernes temprano es muchísimo menos hábil que el anterior, pero todavía merece crédito por haberse acordado, aunque sea a último momento, de la cita que tenía pendiente. Según el caso puede tratarse de una invitación simpática o alguna propuesta divertida, pero la mayoría de las veces lo más aconsejable es declinar el ofrecimiento educadamente, primero porque obviamente una ya tiene planes, y segundo porque así, si le interesa, la próxima semana estará más atento a no dejar correr los días estúpidamente.

Viernes tarde-noche: a esta altura del día, un mensaje puede demostrar dos cosas: o una falta de criterio atroz por parte del mensajeante o, y me atrevo a decir que esta es mayoría, unas intenciones claras e indudables de evitarse todo el trabajo que implica una salida como la gente y pasar sin más preludios al momento de la consumación de los hechos. Los más educados suelen apelar a eufemismos tales como "ver una peli" o "tomar algo", pero en el fondo lo único que querrían escribir son las palabras "sexo desenfrenado sin compromisos".

Viernes trasnoche: pasadas las 11 pm los mensajes suelen ir subiendo de tono y urgencia a la par que crece el nivel de desesperación y la cachondez del sujeto en cuestión. Puede ser que haya ido a un lugar feo, que no haya salido del bar mugroso en el que se juntó con los amigos a hacer el pre, que nadie le haya dirigido la palabra en toda la noche o simplemente que le de una pereza inhumana el simple hecho de encarar una conversación, pero en cualquier caso, el mensaje de trasnoche no es otra cosa que el clásico "manotazo de ahogado". Poco importan los motivos, el contenido del SMS o lo mucho que diga que "te quiero ver YA": el objetivo es uno solo, está clarísimo y no debe, bajo ningún concepto, confundirse con ninguna otra cosa que no sea un intento desesperado y grotesco de terminar la noche satisfaciendo sus necesidades fisiológicas y dando rienda suelta a sus más bajos instintos.

lunes, 1 de octubre de 2007

Dialéctica aplicada

Emerjo de las profundidas del océano de apuntes, fotocopias y libros en el que estoy sumida hace casi una semana sólo para hacer una breve consideración de carácter analítico respecto a la naturaleza humana (soy harto propensa a desvariar pensando boludeces mientras estoy estudiando, no lo puedo evitar).
El tema es así: el mundo, tal como se nos presenta, tal como lo conocemos y tal como está configurado desde que es lo que es, funciona impulsado por el movimiento dialéctico que enfrenta a dos tipos de seres humanos.
DOS digo. Dos, sólo dos, y nada más que dos son las "formas de ser" de las personas, que se resumen en dos estereotipos: por un lado está "El ordenado" y, por otro, en el rincón opuesto, "El caótico".
Al primer grupo corresponde la gente aplicada, correcta, metódica y disciplinada. La gente que hace las cosas con tranquilidad y dedicación, que sabe administrar su tiempo, que desconoce el significado de palabras tales como "vagancia" y "cuelgue" y que jamás osaría correr el riesgo de tener que correr a último momento para solucionar algún imprevisto.
Al otro bando, se infiere facilmente, pertenece todo el resto de los mortales que, como yo, son lo que en términos vulgares podría definirse como "un quilombo": los que somos capaces de colgarnos tres semanas mirando Lost, desperdiciar el tiempo en las formas más viles y despreciar sin ningún pudor el significado de una "fecha de entrega". Somos los que un día nos damos cuenta de que 48 horas no alcanzan, de que "tendríamos que haber empezado antes", de que "como puede ser que sea tan idiota", y agobiados y al borde del surmenage juramos por todos los santos que "esto no lo hago nunca más". Los que preparamos exámenes en 3 días, trabajos prácticos en una noche y entregas en menos de 12 horas. Los que hacemos la dieta del repollo hindú porque tenemos un casorio en 4 días, los que empezamos el gimnasio en septiembre, los que pagamos todo en cuotas, los que vivimos saltando de largos períodos de paz a picos salvajes de stress. Somos, en resumidas cuentas, los que nos excusamos diciendo que "funcionamos mejor bajo presión".
Pero también somos, a veces, los que nos sacamos un 10 en un final. Y entonces nos creemos la síntesis más perfecta del universo. Y tenemos que luchar por no olvidarnos que, hace apenas unas horas, nos juramos que esta sería la última vez.

jueves, 27 de septiembre de 2007

Bloggeros del mundo...

27 de septiembre, Día Mundial de la Puñeta
"Si no te clavas una hoy, el día mundial de la puñeta, no mojas hasta fin de año"
El copyright es de Mechas